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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.
10/01/2006
 Todavía es de noche, apenas las siete de la mañana, y observo lo hermosas que parecen las gradas vacías, encharcadas y con las gotas de lluvia dibujando soledad en la frialdad de la piedra. Nada en el horizonte, tan solo las luces de la biblioteca. Pero es mejor así. Anhelo una cámara que pueda reflejar lo que tengo delante, y de pronto mi ojo se convierte en el objetivo, permitiéndome ver mi vida en fotogramas escondida detrás de un teleobjetivo desgastado. Enciendo un cigarro respaldada del techo del aulario. Hace frío, pero no importa, pues solo pienso en cada gramo, cada vómito provocado por la indiferencia. Y no me siento mejor ni peor por ello, pero necesito el control. Quizá por ahora es lo único que puedo controlar. Sueño con cadáveres y pasteles de chocolate, que curiosamente detesto. ¿Y qué hay tras tu infierno? Silencio, sólo silencio.
17/01/2006
Alguien me abre la puerta de tu edificio. Recorro el pasillo insegura, en pequeños pasos. Tu puerta es la última. Retengo una sonrisa tímida acompañada de un timbrazo suave y demasiado corto para ser escuchado, pero aún así abres. Supongo que ya conoces esa forma de llamar que navega entre un “quiero entrar” y un “me da vergüenza”. Hoy mi carácter es agrio. Me toco el cabello continuamente, mechón arriba y abajo, desvío la mirada, apenas hablo. ¿Qué te pasa?, preguntas, y quiero contártelo, a ti y a los demás, gritar esos sentimientos que me aprisionan, pero no puedo, me he auto convencido de que tengo que guardar un secreto, un tesoro de huesos y cadáveres que me obliga a volar por el mundo a hurtadillas. Sacas un helado para mi, pese a mis protestas. Tengo miedo a que me observes mientras como. Me lo acerco a la boca, cierro los ojos y le doy un pequeño mordisco. Su frío y dulce sabor se traduce en conjuros de culpabilidad. Observo mis manos. Se han manchado levemente de nata. Me detengo un poco más, y me pierdo entre las arrugas de mis dedos. Un helado, es solo un helado, me digo. Trato de aportar toda la normalidad posible, pero me enfado, conmigo por mirarme en el espejo distorsionado de mi mente y contigo porque yo no quería ese helado. Pero tú no lo sabes, no pataleo, ni lloro, solo mantengo silencio y me dejo absorber por la pantalla mientras tú lees una cita de Victor Hugo: “Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha”. Si, soy yo la que no escucho. Tu voz es tan solo un susurro, un eco que me llega desde la distancia, pero aún y con esas, conserva parte de ese poder hipnótico, tranquilizador. Respiro hondo, oigo tus pasos alejarse lentamente y te presiento cabizbajo. Dejo que te marches, necesito calmarme y controlar mis desvaríos a escondidas. A los pocos minutos reaparezco en el salón, y ¿con qué me pagas esa atmósfera gélida que esparcí por la casa? Con una enorme sonrisa. Así que hoy escribo esto que jamás leerás. Mi personal forma de decir lo siento y gracias.
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